Por Felipe Caballero Ordóñez. Consultor
Guerra y Paz son dos palabras muy fáciles de expresar. Resumen y son portadoras de definiciones, o en su caso de conceptos, muy antiguos y actuales, amplios, complejos y profundos, y de contradicciones históricas y presentes, en las formas de vivir de y entre los seres humanos. Ambos conceptos están íntimamente ligados o hermanados, unas veces de manera subordinada y otras en una relación de interdependencia intermitente, aunque al final, permanente.

En el largo proceso histórico de desarrollo del ser humano siempre hubo estas dos dimensiones conceptuales y concretas que se presentan como coetáneas y de autoreferencia, la una con relación a la otra, con cuyos efectos e impactos determinan resultantes absolutamente contrapuestas y antagónicas en sistemas y estrategias de la vida social e individual.
Lo prueban también y de manera fehaciente, la construcción de las antiguas y modernas civilizaciones de la Mesopotamia, China, India, de Europa Occidental, Central y Oriental, así como en las de todas las identidades culturales americanas, como la Azteca, Maya, Inca y Amazónicas, Chiquitanas y del Chaco Boreal boliviano. Como una marca general del devenir histórico se comprobó que en todas estas civilizaciones la búsqueda de la paz y armonía, y contradictoriamente, de la guerra y violencia, ha sido una constante en la historia.
La disputa por el control y manejo de los recursos naturales y de las personas, que se resume en el acceso y ejercicio del poder y la hegemonía, son las causas fundamentales para que hayan tenido vigencia estas constantes en la historia humana. De ahí que la historia de la humanidad, así como se la valora de manera positiva por los grandes avances en las ciencias y tecnologías para la alimentación, la salud, la vivienda y el bienestar en general, también se la puede ver de manera objetiva, como la historia de las guerras y violencias internas en las sociedades, entre sociedades y gobiernos, entre los Estado, e incluso entre civilizaciones.
Estos acontecimientos están registrados bajo la forma de documentos históricos, leyendas, cuentos, novelas epopéyicas, textos religiosos, etc., que sugieren las lecciones, enseñanzas y moralejas que debemos tomar en cuenta. Fueron y son historiadores, filósofos, teólogos, juristas y estrategas, de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, quienes han dedicado su atención y estudios, unos para prevenir la guerra y la violencia, otros para lograr la paz y la armonía. También los hubo quienes buscaron sacar provecho de estas experiencias para elaborar estrategias mejoradas para ganar poder a través de la guerra y violencia o por medio de la paz y la armonía. Aristóteles, Sócrates, Platón, Nicolás Maquiavelo, Miguel de Cervantes Saavedra, Fedor Dostoievski,Víctor Hugo, Sun Tzu, Alexander Von Clausewitz, Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Castro, Candy y Mandela, son entre muchos otros, algunos representantes de estos empeños. Así de complejo y contradictorio es el asunto.
Por ello se infiere que es necesario posesionar en el substrato analítico y reflexivo de los liderazgos emergentes de la sociedad civil, sobre todo de las mujeres y hombres jóvenes que reclaman y mantienen valores y perspectivas democráticas, que según son las circunstancias, la época, las tendencias hegemónicas, los desafíos, las fuerzas dominantes o las tendencias del pensamiento filosófico, económico, político, ideológico, o incluso religioso, entre otros, en cada tiempo histórico y formación económica, social y cultural, la humanidad ha construido y reconstruido de manera permanente sus dimensiones de guerra y violencia, así como las de paz y armonía.

Es decir, estas dimensiones son consustanciales al ser humano, porque en última instancia, son medios, entre muchos otros medios, para acceder y mantener el poder y la hegemonía o la hegemonía y el poder; entendiendo al poder y la hegemonía desde la perspectiva weberiana, como la capacidad de imponer los intereses, las ideas y culturas de quienes logran y ejercen el poder y la hegemonía, sobre quienes están sometidos y cumplen las determinaciones surgidas del poder y la hegemonía en ejercicio.
Con estas referencias se explica el por qué en la actualidad, la dimensión de la paz y armonía está estrechamente relacionada con la libertad, la democracia, la tolerancia, la recuperación de la dignidad de las personas, con los procesos de transformación proactivos en los ámbitos personal, social y estructural, pero sobre todo y ante todo que se asiente sobre un desarrollo humano integral y sostenible, en amistad con la naturaleza y el medio ambiente.
En correspondencia a este proceso de superación de la cultura de la guerra y la violencia, el factor central es la búsqueda del desarrollo humano integral y sostenible, con el auxilio del ejercicio de los derechos humanos, la práctica de la democracia real, la vigencia de la plena libertad, el respeto a la dignidad y a la identidad individual y de las identidades sociales o colectivas, y muchas otras más.
La ausencia de estas perspectivas y desafíos que hacen e inciden para el desarrollo de las nuevas visiones, principios y valores emergentes en el mundo, sobre tolerancia, respeto e interculturalidad, constituyen factores que generan condiciones de violencia. Por lo mismo, la paz y la armonía debe ser considerada como el proceso de fortalecimiento de cada uno de estos factores, que en el fondo y la forma están estrechamente relacionados con la seguridad y la dignidad humana.

Habrá que tomar en cuenta que la búsqueda de la paz y la armonía, así como del bienestar, desde siempre han sido los mejores pretextos de la mayor parte de las acciones políticas y militares del ser humano. Apelando a ellas se han cometido grandes atrocidades. En nombre de la paz, la armonía, la democracia y el bienestar se declararon las dos Guerras Mundiales del siglo XX. Estas experiencias nos previenen de la ingenuidad sobre la buena fe de algunos pretendientes del poder y de la hegemonía económica, política e ideológica. En este contexto se entenderá que la “eirene” (paz en griego) de la época clásica de la Grecia Antigua, en un periodo histórico de las primeras “democracias” y formas estatales de “republicas”, con manifestaciones de culto a la belleza y la sabiduría en todos los campos del quehacer social, no representa lo mismo que “pax” o paz romana, caracterizada por la conquista, el dominio imperial sobre territorios y súbditos en cuya cabeza había un Cesar que se fortalecía con la conquista y el ejercicio de poder.
Tampoco son similares los significados y las connotaciones de los conceptos “santhi” (paz hinduista), “ahimsa” (paz jainista) y “shalom” (paz hebrea), que se mantiene desde los tiempos mosaicos. Y todos estos significados atribuidos tampoco se parecen a la “paz y solidaridad entre los pueblos”, que postulaba el derrumbado régimen de la ex Unión Soviética y los países de Europa del Este, ya que se basaba en el terror del Estado sobre la disidencia y el temor ciudadano a los trabajos forzados en Siberia o al confinamiento en hospitales psiquiátricos.
Implica que las definiciones antes señaladas son absolutamente diferentes sobre el mismo concepto de paz, así como es con el caso de la actual “pax” (paz americana) que busca mantener la hegemonía mundial de los Estados Unidos de América construida a partir de la doctrina Monroe, que creó el paradigma: “América para los Americanos”. Y tampoco de la paz del nuevo Imperio Chino, que representa en tiempos modernos y con los cambios cosméticos necesarios para su presentación en los salones de la diplomacia mundial, que al dar continuidad al viejo sistema imperial chino, pese a que hubo de crear un puente para mostrar un rostro diferente después de la Revolución China, la Revolución Cultural, la Conducción del Gran Timonel (Mao), hoy se presenta como un árbitro de la libertad para el comercio mundial.
Estas referencias de algunos períodos históricos, civilizaciones y/o culturas, muestran que cada una de ellas tuvo y tiene sus lógicas y modos de concebir, organizar y representar el mundo; de reconocer, encarar y resolver sus necesidades, desafíos y conflictos; y, obviamente, de crear y recrear sus sistemas explicativos y simbólicos para justificar sus respectivas violencias, que no son otra cosa que representaciones de sus formas de ser y hacer las cosas en medio de sus propias culturas más amplias. Construir y lograr una cultura social de paz, de libertad, de desarrollo humano integral y sostenible, y de una relación adecuada con la naturaleza y el medio ambiente, son ideales que cada día están más presentes y son más urgentes de alcanzar, sobre todo durante y después de la emergencia sanitaria nacional e internacional iniciada en enero de 2020.
Esta necesidad, y acaso urgencia, deviene porque las previsibles condiciones que resulten de la emergencia sanitaria señalan de manera inequívoca que todos los procesos económicos se contraerán, que la recesión será mundial y en un mundo de desesperados habrá escasos espacios para la “solidaridad internacional”, en tanto que en Bolivia, el peso de la contracción y recesión económica impactara sobre todo, aunque principal y fundamentalmente en ese 80% de la Población Económicamente Activa y sus familias, que trabajan y viven en la denominada Economía Informal o de trabajadores/as por cuenta propias, son los que soportaran el mayor peso de la crisis emergente.
De ahí que toda planificación del desarrollo, para encarar la crisis subsecuente, tiene esta referencia fundamental, así como que los principales actores para resolverla, son los jóvenes de este tiempo, mujeres y hombres que se animen a desafiar con optimismo realista un momento de la historia que puede plantear una divisoria en el camino: a la paz y armonía, o la guerra y la violencia. Construir las estrategias positivas de salida no es fácil, aunque es abordable. La mayor dificultad es su operacionalización, porque depende de mujeres y hombres superiores