A un mes exacto del inicio del Mundial de Fútbol, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha tenido que responder a las críticas por el alto coste de las entradas para el torneo. El precio medio de las mismas se ha disparado respecto a la Copa del Mundo anterior a pesar de que el torneo se ha expandido de 32 a 48 equipos: más partidos, más entradas, menos calidad.
Muchos seguidores parecen estar desalentados por los gastos. La entrada para el partido inaugural de Estados Unidos, uno de los tres países anfitriones junto a México y Canadá, cuesta al menos cuatro veces más que en Qatar. Los partidos con los equipos menores cuestan varios centenares de euros y, para la final, la FIFA ha puesto a la venta entradas cuyo precio mínimo empieza en 2.000 dólares.
En Estados Unidos, donde el consumidor está más acostumbrado a los altos precios asociados a los eventos en vivo, la reventa es legal y muchas empresas utilizan sistemas de precios dinámicos para adaptar el coste de las entradas a la oferta y la demanda. La FIFA ha aprovechado ese modelo para lanzar entradas por fases, elevando progresivamente los precios y obligando a muchos aficionados a desembolsar cientos o incluso miles de euros para asistir a un partido, además de asumir los elevados costes de desplazamiento dentro de Norteamérica. También ha creado una plataforma oficial de reventa, cobrando una comisión total del 30% —15% para el vendedor y 15% para el comprador— en cada transacción.
En un contexto político que desincentiva la visita de extranjeros a Estados Unidos, y con el aumento de costes derivados de conflictos geopolíticos como la guerra con Irán, además del encarecimiento de vuelos y hoteles, muchos aficionados europeos y sudamericanos optan por posponer el viaje y esperar al Mundial de 2030. /ElPaís/