El triunfo de AfD en Alemania es una victoria para el plan de Trump contra Europa

En la hojarasca de mensajes que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó el domingo por la tarde (hora de Washington) en su red social, Truth, se escondía, entre memes, mapas con el nombre del Estado de Nuevo México alterado y otras provocaciones, un gráfico con los resultados casi definitivos de las elecciones de Sajonia-Anhalt.

En ellas, el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) hizo historia con un 43,8% de los votos y el mejor resultado de una formación ultra en la historia del país desde el final de la II Guerra Mundial. Aupados por el descontento social y la maltrecha economía, quedaron rozando la mayoría absoluta.

Que el líder de la primera potencia mundial esté atento a las cifras de las elecciones en un land al Este de Alemania dice mucho de la energía que el movimiento MAGA (Make America Great Again) ha invertido desde el regreso al poder de su líder en el avance de la ultraderecha en Europa. Y en especial, en la buena fortuna del AfD, cuyo triunfo del domingo supone para Trump y los suyos el fruto de un continuado sabotaje de la política tradicional del Viejo Continente.

Nadie ha invertido en esa tarea más que Elon Musk, el hombre más rico del mundo, que batió, con más de 290 millones de dólares el récord de inversión en una campaña para lograr que Trump regresara en 2024 a la Casa Blanca. Este domingo, Musk celebró el triunfo del AfD con un entusiasta “¡Bien hecho!” en su propia red social, X.

Elon Musk
Elon Musk interviene el 25 de enero de 2025 un acto electoral de AfD.
KARINA HESSLAND (REUTERS)
Lo hizo en respuesta a la felicitación de Alice Weidel, colíder del AfD, al candidato principal de Sajonia Ulrich Siegmund. El ganador, que en su campaña ha copiado el manual del trumpismo (hasta en el eslogan Make Germany Great Again), agradeció al billonario su “apoyo” y aprovechó para deslizarle que el triunfo del partido ultra hará de Alemania “un lugar donde vale la pena invertir”.

La frase recordó a un tuit de Musk de diciembre de 2024, con el que entró en tromba en la campaña electoral que estaba en marcha. “Solo AfD puede salvar Alemania”, escribió. Entonces, faltaba un mes para que Trump volviera al poder y que lo hiciera, al menos en los primeros meses de su segundo mandato, con Musk convertido en su aliado más estrecho en la Casa Blanca. Aquella injerencia en la política de un país extranjero, aliado de privilegio de Washington, fue un aviso de lo que vendría después.

En febrero de 2025, el vicepresidente, J. D. Vance, viajó a Múnich para participar en la Conferencia de Seguridad. Tras ofrecer en ese foro un agresivo discurso antieuropeo que causó escalofríos en las cancillerías del continente, Vance se vio con Weidel, líder de un partido por entonces sometido a un riguroso cordón sanitario en un país en el que el avance de la ultraderecha resucita los peores fantasmas de su pasado nazi.

Hostilidad hacia la UE
Meses después, la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de América, documento que sirve para fijar las prioridades de Washington en materia exterior, confirmó la hostilidad de la actual Administración hacia los Gobiernos europeos. Ofrecía un sombrío retrato de la UE, de sus “problemas económicos” y de “la perspectiva real de la desaparición de su civilización” en “los próximos 20 años o menos” ante el avance de la inmigración y la multiculturalidad. Cuando eso suceda, añadía el texto, no estará claro que “ciertos países europeos sigan teniendo economías y ejércitos lo suficientemente fuertes como para seguir siendo aliados fiables” de Washington. “Nuestro objetivo debería ser ayudar a Europa a corregir su trayectoria actual”.

La Casa Blanca hacía así propias las tesis sobre la decadencia del continente que esgrimen para desestabilizarlo los partidos de la ultraderecha europea, de AfD a Vox. El documento también establecía una insólita prioridad: ayudar a esas formaciones y “cultivar la resistencia a la trayectoria actual de Europa” desde dentro. “Estados Unidos alienta a sus aliados políticos en Europa a promover este renacimiento del espíritu [occidental], y la creciente influencia de las formaciones patrióticas europeas ciertamente da motivos para un gran optimismo”, concluía la Estrategia de Seguridad Nacional. Reuters publicó la semana pasada un plan por definir de la Administración de Trump para regar con cuatro millones de dólares medios europeos de extrema derecha.

La impopularidad de Trump, decisiones como el ciego apoyo a Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel o la guerra contra Irán, las amenazas de anexión de Groenlandia o los ataques al Papa y a la italiana Giorgia Meloni han complicado en los últimos meses ese idilio y han dejado a esos partidos ultras en una incómoda posición, con el presidente de Estados Unidos convertido en un activo tóxico con el que ya no es tan conveniente salir en la foto.

Tanto esas formaciones ultras como Trump y quienes lo apoyan −entre ellos, Richard Grenell, exembajador de Estados Unidos en Alemania, que celebró el domingo las noticias llegadas desde Sajonia-Anhalt como “una gran victoria y un nuevo día”− “quieren que Europa y Estados Unidos sean entes blancos, cristianos y soberanos”, escribe Armida van Rij, del laboratorio de análisis Carnegie, que considera el ecosistema de la extrema derecha europea también como un hilo que une al movimiento MAGA con Rusia con “un objetivo común: debilitar a la UE”. “Pero es una alianza oportunista. Cuando esos vínculos se convirtieron en un lastre en lugar de una ventaja, muchos pasaron página”.

El triunfo del AfD es una buena noticia para esa entente tras la mala racha del descalabro de Viktor Orbán en Hungría, pese al empeño de Trump en su victoria, y a la caída en directo del británico Nigel Farage, tal vez el líder extranjero que más denodadamente ha cultivado sus vínculos con el mundo MAGA desde hace 15 años. /ELPAÍS/

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