
Las cosas comunes son comunes, vastas y extendidas, aunque no siempre son bien comprendidas. Pertenecen al territorio físico y al espacio de las ideas cotidianas de las personas que son comunes por su pensar, por su decir y por su hacer; es decir, pertenecen a nuestro mundo real y viven en nuestro espacio simbólico, aunque al final, pese a que queramos diferenciarnos unos de otros, ya que individualmente todos nos consideramos muy diferentes, esa percepción hace la única diferencia, ya que todos somos comunes.
Hacemos las mismas cosas comunes desde que nos despertamos en las mañanas hasta que nos dormimos en las noches. De este modo, por ejemplo, son comunes quienes al estudiar filosofía escolástica lo hacen como si se tratara de esa philosophia perennis, estática e inmutable en sus causalidades temporales y significados espaciales, como si la filosofía hubiera llovido del cielo, haya tenido un origen divino o fuera una eterna maldición el cumplimiento obligatorio de sus enunciados.
Así somos de comunes. A la hora de la verdad no hay nada de eso, ya que es una rama del conocimiento humano que aborda sistemas doctrinales y temas comunes nacidos en el pasado y permanentemente actualizados a partir de sus factores esenciales o principios activos, y reinterpretados en todos los tiempos, con tantos aciertos y errores cuantos sean quienes la aborden, tal como sucede en el presente.
Así, Santo Tomás, San Buenaventura y Duns Escoto, tienen cierto conocimiento de Sócrates, Platón, Aristóteles, de manera que aquello de philosophia perennis no es otra cosa que un continuum en la historia de los humanos, que ha sido influida en todos los momentos de esta historia por los hechos y el pensar, el decir y hacer de cada época; con mayor fuerza y nitidez en la época actual, tan dinámica, híper activa y hasta turbulenta.
Una ventaja de nuestros tiempos reside en que ya no estamos encerrados unívocamente en un método para ver qué resultados y consecuencias trae por ejemplo, conjugar, según “los criterios de la verdad y para fines de la verdad”, unas premisas falsas y unos principios erróneos, como por ejemplo que el COVID-19 apareció de una sopa de murciélagos en un mercado o en un laboratorio de investigaciones biológicas del gobierno de China en la ciudad de Wuhan.
Pese a esta certeza incontrastable, una desventaja reside en que es también muy común escuchar y son muchos quienes sostienen que los sistemas filosóficos del pasado son únicamente reliquias de la antigüedad. Ya lo sostuvo Hegel en su Historia de la Filosofía, para muchos, ha quedado sólo como un registro de sistemas refutados y espiritualmente muertos, ya que cada uno de ellos ha dado muerte y sepultura al anterior.
Sin embargo, por ejemplo, la fuerza de la filosofía moderna en la Teoría del Conocimiento, en la relación sujeto-objeto, condujo a poner en claro que es imposible reducir el sujeto al objeto como el objeto al sujeto. A su turno, el examen del materialismo histórico, salvando el mecanicismo del supuesto paso obligatorio del capitalismo al socialismo, enseña a apreciar la influencia que ejercen el desarrollo de las ciencias, las tecnologías, la formación económica y social en las más altas esferas del desarrollo cultural y de las culturas del ser humano.
De manera que el estudio de la filosofía es algo vivo, vital y con energías propias, sabiendo que los sistemas se suceden unos a otros, pese a que permiten crear una cierta inclinación mental al escepticismo sobre sus influjos de largo aliento. Es un cúmulo de opiniones, una exposición de miles de ideas y pensamientos con vínculos sistémicos entre sí; son un conjunto de opiniones válidas que entre ellas tienen continuidad y conexiones: acción, proceso y reacción, tesis, antítesis y síntesis.

Todo ello se entiende si se valora en su contexto histórico y a la luz de sus relaciones con los demás sistemas. Es evidente que la triádica (expresión alemana), troika (expresión rusa) y trica (expresión camba), de la tesis, la antítesis y la síntesis, encuentran inmejorables ejemplos de la evolución dialéctica de todos los procesos históricos, económicos, sociales, culturales y científicos.
En síntesis, de los sistemas construidos por los seres humanos, en ese largo camino de construir “El Espíritu Universal”, que a su vez cobra sentido con la actual globalización o “Aldea Global”, que hoy en circunstancias de la ingrata llegada desde China del COVID 19, se presenta como realidad concreta y puntual, después de un largo recorrido del ser humano por realizaciones positivas, fenómenos de la naturaleza incomprendido o invenciones de quienes quieren mantener hegemonía y poder.
Es evidente que el “último” conocimiento de un período, como el de mutar en laboratorio un virus y dotarle de particulares características dañinas para la salud humana, es resultado del desarrollo acumulado y representa la más alta forma que de sí misma ofrece la autoconciencia del espíritu humano de sus creadores, por ello es que en este período nos encontramos ante las más inesperadas e inexplicables decisiones de dicha autoconciencia del espíritu humano.
En esta ruta corresponde preguntar ¿qué garantía tenemos de que el máximo conocimiento alcanzado en este período histórico, representa el más alto grado de empeño por alcanzar el bienestar humano? Veamos si al cabo de unos meses el tema “nuevo” de análisis y discusión sea: Ser o no Ser, aunque habrá que tomar en cuenta que ya somos de los tiempos del COVID-19, y como tales, como seres comunes, debemos actuar en consecuencia y salir del pequeño problema que tenemos encima.