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Rodrigo firma la ley que reclasifica la pequeña propiedad y la defiende como “crédito rural”

La promulgación de la Ley 157 por parte del presidente Rodrigo Paz Pereira marca un punto de inflexión en el debate estructural sobre la tierra, el desarrollo rural y el rol del Estado en la economía boliviana. Presentada como una herramienta para democratizar el acceso al financiamiento productivo, la norma introduce la posibilidad de reclasificar la pequeña propiedad en mediana, abriendo así la puerta a su uso como garantía para crédito. Sin embargo, más allá de su formulación técnica, la medida revela tensiones profundas entre dos visiones de país: una orientada al mercado y otra centrada en la protección social del acceso a la tierra.

Desde el enfoque gubernamental, la ley se inscribe en una narrativa de modernización económica. Paz la define como “crédito rural”, una expresión que busca simplificar su alcance y conectar con una necesidad concreta: el acceso a financiamiento. En Bolivia, donde amplios sectores rurales han estado históricamente excluidos del sistema financiero formal, la posibilidad de utilizar la tierra como garantía puede interpretarse como una expansión de derechos económicos. Bajo esta lógica, la propiedad deja de ser únicamente un bien de subsistencia para convertirse en un activo productivo, capaz de generar inversión, tecnificación y वृद्धि en la producción.

Este planteamiento se alinea con principios clásicos de desarrollo económico que priorizan la seguridad jurídica, la propiedad privada y la inversión como motores del crecimiento. La idea de que pequeños productores —como aquellos con tres o cuatro hectáreas— puedan independizarse de intermediarios y acceder directamente a capital, apunta a una reconfiguración del tejido productivo rural, potencialmente más dinámico y competitivo.

No obstante, las críticas provenientes de organizaciones sociales y ONG advierten sobre los riesgos inherentes a este cambio de paradigma. En un país donde la tierra ha sido históricamente un recurso sensible, vinculado a luchas sociales, identidades comunitarias y reformas agrarias, su incorporación plena en la lógica del mercado genera preocupación. El principal temor radica en que la apertura al crédito, sin mecanismos de protección adecuados, pueda derivar en procesos de endeudamiento insostenible y eventual pérdida de tierras por parte de pequeños productores.

Este cuestionamiento no es menor. Experiencias en otros contextos han demostrado que la financiarización de activos rurales, cuando no está acompañada de políticas de respaldo —como seguros agrícolas, asistencia técnica o regulación crediticia— puede profundizar desigualdades en lugar de reducirlas. Así, lo que en principio se plantea como una herramienta de inclusión podría convertirse, en escenarios adversos, en un factor de concentración de la tierra.

El discurso presidencial también introduce un componente político relevante al contraponer “desarrollo” frente a “demagogia”. Esta dicotomía busca deslegitimar las posturas críticas al asociarlas con la perpetuación de la pobreza, pero al mismo tiempo simplifica un debate que es, en esencia, complejo y multidimensional. La tensión no es únicamente entre crecimiento y atraso, sino entre distintos modelos de desarrollo: uno basado en el mercado y otro que prioriza la protección de estructuras comunitarias y la soberanía sobre los recursos.

En paralelo, la promulgación de una ley más estricta contra el abigeato refuerza el mensaje de protección a la producción agropecuaria, enviando señales de respaldo al sector productivo. Esta medida complementa la narrativa de seguridad jurídica que el gobierno busca consolidar, tanto para actores nacionales como para potenciales inversionistas.

En suma, la Ley 157 no es simplemente una reforma técnica sobre clasificación de tierras, sino un instrumento que redefine el rol de la propiedad en la economía rural boliviana. Su impacto dependerá, en gran medida, de la capacidad del Estado para equilibrar acceso al crédito con protección social, evitando que la promesa de desarrollo derive en nuevas formas de vulnerabilidad. El verdadero desafío no radica solo en habilitar el crédito, sino en garantizar que este se traduzca en crecimiento sostenible e inclusivo, sin erosionar las bases sociales sobre las cuales se ha construido históricamente el acceso a la tierra en Bolivia.

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