Alza cuestionada premia al peor servicio de transporte público

MSc. Hugo Salvatierra Rivero, periodista y docente universitario

Calificar el alza del pasaje como una victoria táctica y gremial del transporte público sobre la autoridad municipal es una lectura completamente acertada de los hechos: los resultados mandan y la tarifa ya se ubica en los 3,50 bolivianos. Para el ciudadano de a pie, la sensación es amarga. Se consolida un peligroso precedente donde el peor servicio de transporte obtiene el premio del incremento tarifario, mientras el municipio se limita a absorber el desgaste político sin lograr transformar el sistema.

Sin embargo, una de las realidades más oscuras y menos visibilizadas de este conflicto va más allá del pasajero: el eslabón más débil de la cadena es el propio chofer de micro, convertido hoy en el esclavo del siglo XXI. El modelo de los sindicatos y asociaciones del transporte en Santa Cruz opera bajo un esquema de explotación laboral disfrazado de “cooperativismo” o “libre afiliación”. Este sistema condena a los conductores a una precariedad absoluta mientras los dirigentes acumulan poder e ingresos.

Al convalidar el incremento de la tarifa sin exigir una reestructuración laboral y una formalización del sector, la Alcaldía y el Concejo Municipal terminan avalando y perpetuando este sistema de esclavitud moderna. Se premia a una dirigencia que se enriquece manteniendo a sus trabajadores en la más absoluta vulnerabilidad, mientras el peso de la crisis se reparte entre un pasajero que paga más y un chofer que apenas sobrevive bajo presión.

Frente al eterno argumento de los dueños de micros de que “trabajan a pérdida”, la realidad es otra muy distinta. Los transportistas no pierden; lo que defienden es un margen de ganancia cómodo bajo un esquema de cero riesgos y total informalidad. Cuando el precio de los insumos sube —como los repuestos o el combustible—, lo que ven amenazado no es su subsistencia, sino su rentabilidad histórica, la cual se niegan a sacrificar modernizándose o volviéndose más eficientes, prefiriendo chantajear a la ciudad con paros hasta que el bolsillo del ciudadano cubra la diferencia.

La solución estructural más contundente y la llave maestra para romper este círculo vicioso pasa por transformar el modelo: obligar a los sindicatos y cooperativas informales a constituirse en empresas de transporte formales es la única manera de profesionalizarlos.

Bajo este esquema, las rutas ya no se “heredan” ni se defienden con paros por un supuesto derecho divino o histórico; se licitan mediante contratos de concesión a plazo fijo. Para ganar o renovar esa concesión, la empresa debe competir ofreciendo mejores flotas —buses más grandes, ecológicos y accesibles—, cumplimiento de horarios, frecuencias exactas y tecnología (GPS y pago con tarjeta). Si prestan un mal servicio, la Alcaldía simplemente rescinde el contrato y se lo otorga a otra. El impacto directo será un alivio para la sociedad y, sobre todo, una vía de escape para los choferes atrapados en la esclavitud laboral actual.

Esta solución no es ningún invento nuevo; es lo que hicieron todas las ciudades de América Latina que lograron ordenar su transporte, como Bogotá, Santiago de Chile o Curitiba. El motivo por el cual los distintos inquilinos que pasaron por la Alcaldía de Santa Cruz nunca lo han aplicado no es por falta de ideas técnicas, sino por pura cobardía y cálculo político.

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