Por Róger Cuéllar Castro
Creo que hemos cometido un error al considerar la suerte como un privilegio del destino, una especie de premio inexplicable que la vida concede a unos y niega a otros. Hemos convertido la suerte en una excusa para explicar el éxito ajeno y, en ocasiones, en una justificación para no reconocer cuánto influyen nuestras propias decisiones en las oportunidades que encontramos.
La suerte no depende enteramente de nosotros, pero nuestra capacidad para producir las condiciones que la favorecen sí depende, en buena medida, de lo que hacemos, aprendemos y decidimos.
La suerte no es una capacidad en el sentido estricto de una aptitud que podamos dominar a voluntad. Es, más bien, una posibilidad sobre la que podemos influir. No elegimos todos los acontecimientos que llegan a nuestra vida, pero sí podemos desarrollar las condiciones personales que nos permitan descubrir oportunidades, aumentar nuestras probabilidades de encontrarlas y convertirlas en resultados concretos.
Por eso, cuando alguien afirma que una persona tuvo suerte, creo que vale la pena formular una segunda pregunta: ¿qué hizo esa persona para estar en condiciones de aprovecharla?
Una oportunidad puede aparecer por azar, pero reconocerla exige atención; aprovecharla requiere iniciativa, y sostener sus resultados demanda preparación, disciplina y perseverancia. El azar puede poner una posibilidad frente a nosotros, pero no puede sustituir las capacidades necesarias para transformarla en una realidad.
En ese sentido, la suerte no siempre es lo contrario del mérito ni el mérito es garantía de buena fortuna. Ambos pueden coincidir, aunque no siempre lo hagan. Hay personas preparadas que no encuentran oportunidades y personas que, sin buscarlas, se encuentran con circunstancias extraordinariamente favorables. La vida no es una ecuación perfecta. Sin embargo, aumentar nuestras capacidades amplía el margen de posibilidades con el que enfrentamos lo imprevisible.
Esta es la idea que considero fundamental: no podemos fabricar el azar, pero podemos aprender a crear las condiciones para que la suerte tenga más posibilidades de encontrarnos preparados.
La diferencia entre esperar que la vida nos favorezca y trabajar para aprovechar sus oportunidades es la diferencia entre vivir a merced de las circunstancias y participar activamente en la construcción de nuestro propio destino.