Vacío de hegemonía, esa es la cuestión

La vieja burguesía paceña está acabada y no tiene nada para proponer, aunque tiene mucho que explicar, sobre todo en materia de su responsabilidad por el atraso, subdesarrollo y dependencia nacional, así como de la falta de cohesión de su cuerpo social y sus regiones

Felipe Caballero Ordoñez. Consultor.

La vieja, anquilosada y caduca oligarquía paceña, la que salió triunfante de la Guerra Federal de 1899, la que trasladó la sede del Gobierno de la República de Bolivia de Sucre a La Paz, la que en sintonía con la demanda mundial se fortaleció con la economía minera del estaño, centrada en los yacimientos de Oruro y La Paz en sustitución a la economía de la plata que tenía su principal fuente de explotación en los yacimientos de Potosí y administración en Sucre, la que expandió su poder y hegemonía a la nación a través del Estado andino céntrico, está acabada, ha desaparecido.

Las realizaciones efectivas del desarrollo basadas en las fuerzas productivas económicas y sociales orgánicas de la sociedad y de los recursos naturales, sobre todo los del Oriente y del Sur, le quitaron vitalidad y finalmente la derrotaron como actora económica y sector social dirigente.

La oligarquía paceña que forjó la República de Bolivia, andino céntrica y enclaustrada, y que obligó a la nación a ver durante todo el siglo XX como algo normal el centralismo y negociable con Chile la salida al mar, ya no es más poder ni hegemonía. No tiene nada para proponer, aunque tiene mucho que explicar, sobre todo en materia de su responsabilidad por el atraso, subdesarrollo y dependencia nacional, así como de la falta de cohesión de su cuerpo social y sus regiones.

cholets
Cholet, este tipo de edificios se han convertido en la nueva identidad cultural

Aquellas expresiones tan paceñas que decían: “había nomás tenido su habilidad” o “su habilidad nomás había sido, peroooo”, se decantaron y dejaron muy claro que “así nomás habían sido los caballeros”. De manera que de esa antigüedad no queda nada que no sea nietos y bisnietos burócratas, “servidores públicos” que igual sirven a los gobiernos que se reclamen de la derecha o de la izquierda, capitalistas o socialistas, blancos o indígenas.  Los acontecimientos de octubre y noviembre de 2019, que concluyeron con la caída y huída de los gobernantes del Movimiento Al Socialismo (MAS), revelaron que son un pequeño núcleo de vapuleados y arrinconados en “La Rinconada” y en la zona Sur.

El control de los ministerios, del “Palacio Quemado”, de la “Casa Grande del Pueblo”, de La Paz, del Gobierno nacional está ahora en manos de Santa Cruz y la burguesía aimara dispersa en todo el país, pero con centralidad en El Alto; obviamente de los aspirantes a nuevas oligarquías emergentes que buscan ocupar un trono maltrecho por todos los desgastes que siempre provocan nuevos usuarios sin experiencia ni tradición en el poder, como lo ha sido el Gobierno del Movimiento Al Socialismo y lo es el Gobierno de Transición.

“EL CONTROL DE LOS MINISTERIOS, DEL PALACIO QUEMADO… ESTÁ AHORA EN MANOS DE SANTA CRUZ Y LA BURGUESÍA AIMARA DISPERSA EN TODO EL PAÍS”

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Del mismo modo que en las tragedias griegas, inspiradas en las historias reales de los tiempos de sus primeras “Casas Reales”, y consecuentemente, realezas europeas, chinas, hindúes, del Medio Oriente, de los imperios indoamericanos, y al final de todas las realezas del mundo, aunque con las distancias temporales y diferencias de fortalezas en sus estructuras y sistemas de formación y consolidación, a estas “élites”, la derrotó uno o varios de sus hijos, o acaso hijastros, no siempre los predilectos. Los derrocadores siempre han sido el o los más fuertes, que no pertenecían a la Casa Real, o no eran reconocidos como parte de la realeza.

En nuestro caso, fueron jóvenes, mujeres y hombres de Santa Cruz y del Oriente, los aimaras de los cholets, comerciantes y ricos, los desheredados del poder y de las tradiciones de la hegemonía, ambos, nacidos del capitalismo y el comercio salvaje. Esa vieja oligarquía paceña que en otros tiempos fue minera, comerciante, financiera, diplomática y gubernamental, hoy cuenta antiguos cuentos de ciudad chica con temas de provincia, que no llaman la atención de sus herederos de grandes glorias pasadas y de necesidades presentes.

Sus escenas, siempre y como siempre, son ambientadas en Sopocachi, San Jorge y la zona Sur, que aún conservan los pinos traídos de Europa y algunos ejemplares ciudadanos destacados por contar viejas historias. Su gran problema ha sido su incapacidad de renovarse, modernizarse y hacer parte del mundo global, además, haberse quedado anclada en los recuerdos de la minería del estaño, del comercio, de la importación de telas de casimir inglés y de alimentos chilenos, como arreglo para dar uso a los ferrocarriles que regresaban vacíos después de dejar las cargas minerales de los puertos del Pacifico.

Como dice ese tango: “Eran otros tiempos, los tiempos aquellos, …”. La centralidad económica, de la producción primaria, de la transformación industrial y del comercio se fue a otras ciudades y regiones, que hoy se aprestan a ocupar el puesto de hegemonía que está vacío, lo mismo que la centralidad en la toma de decisiones sobre las políticas públicas para el desarrollo y el ejercicio del poder del Estado, que en la actualidad tiene como horizonte y desafío inmediato, recomponer la economía y el tejido social, sobre todo el urbano y  el urbano y por cuenta propia, durante y después de la crisis sanitaria que azota y agobia al mundo.

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