Por Jorge Landívar Roca
Quien desee comprender la política necesariamente debe leer “el príncipe”, pero no sólo para entender la política sino para conocer de estrategia para ejercer el poder. Poder, que magistralmente, como nadie, en este libro, desnuda Nicolás Maquiavelo; aunque después, el término “maquiavelismo” se lo haya utilizado peyorativamente, más propiamente dirigido al “cinismo”, como actitud indispensable en las tareas de gobierno.
¿A que viene esta referencia? A que la obra de Maquiavelo encierra reglas de gobierno y una acomodada filosofía, que podría aplicar cualquier presidente de Estado, que desee gobernar sin reparar en normas y medios para alcanzar sus propósitos. La suposición, que “el fin justifica los medios”, ha sido tenida como paradigmática.
En la lectura del texto, se llega a relacionar algunos hechos y actitudes del vicepresidente Lara, con algunos rasgos de la personalidad del político que Maquiavelo, al que se supone, se dirige. Maquiavelo, se debe recordar, al igual que Lara fue acusado de conspirador.
El vicepresidente, Lara, se exhibe apoyado por algunos sectores sociales que antes apoyaban a Evo Morales, que, al quedarse sin conducción, vieron la necesidad de refugiarse en alguien maniobrable y sin experiencia en el campo político, que les posibilite continuar medrando de los resabios del masismo y del Socialismo Siglo XXI, para así, continuar la farra.
Lara, desde que asumió el cargo de segunda autoridad del país se ha dado a la tarea de atacar permanentemente la gestión del Ejecutivo. Con el argumento de proyectar una imagen de ciudadano honesto e incorruptible; critica al presidente, (su compañero de fórmula), acusándolo de no cumplir compromisos de campaña. Aspecto éste, desde todo punto de vista censurable.
Hoy, el vicepresidente, con actuaciones cargadas de un total desconocimiento de valores éticos y morales, pone en incertidumbre, incluso, su capacidad para presidir el Congreso Nacional. Ya que como acompañante del presidente debería asumir, con responsabilidad y con respeto a la jerarquía constitucional, el cargo que detenta. Comportamientos seriamente cuestionados por su insistente y desleal conducta.
Según, el mismo vicepresidente afirma, que, gracias a los apoyos dirigidos hacia él, por ciertos sectores sociales, actualmente Rodrigo Paz, es presidente de la República. Lo cierto es que Lara ha demostrado tener escasa experiencia ética y política con sus inusuales actuaciones en este campo. El iluso convencimiento de contar con gran apoyo, lo lleva a exhibir la angurria de apropiarse del poder, buscando convertirse en baluarte de interpretación de una causa, que luego, con el mismo cinismo, aparece como representante de la oposición a ella.
La crítica situación de 20 años de desgobierno masista, obliga a las autoridades a impulsar cambios estructurales, para salir de ella, y así evitar que el ciudadano perciba la inexistencia de una sincera voluntad de llevarlos a cabo, y que la tolerancia y falta de autoridad, no de curso legal nuevamente a la anarquía vivida.
El presidente, debe entender que, de seguir con el mismo ritmo, difícilmente podemos garantizar el desarrollo económico del país y con ello, el bienestar ciudadano; si los acuerdos a los que se ha arribado mediante medidas de presión, bloqueos y chantajes, continúan y frente a esta ausencia de poder público o gobierno, no se recurre a los instrumentos que asigna la Constitución para imponer orden y seguridad ciudadana, “no saldremos del pozo”. La falta de autoridad deriva en una situación de desorden y caos social, ideal para los anarquistas
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