Mata Hari y Nadia Beller: cuando la influencia se convierte en una forma de poder, pero frágil

Por Guido Náyar Parada, exministro de Gobierno, exlíder cívico y empresario agropecuario.

Hay historias que, separadas por más de un siglo y por realidades completamente distintas, parecen dialogar entre sí. No porque sus protagonistas sean iguales, ni porque los hechos puedan colocarse en el mismo plano, sino porque ambas historias permiten reflexionar sobre una misma idea: el poder que nace de la influencia, de las relaciones y de la capacidad para moverse alrededor de quienes toman decisiones.

Mata Hari fue una mujer que construyó un personaje. Nadia Beller es una figura de la política boliviana contemporánea cuya trayectoria ha transitado por diferentes espacios de poder. Compararlas no significa convertirlas en equivalentes. Significa utilizar a Mata Hari como un espejo histórico para analizar una característica que aparece nuevamente en la política: la capacidad de una persona para convertir su entorno, sus contactos y la percepción que genera en una herramienta de influencia.

Margaretha Geertruida Zelle, conocida mundialmente como Mata Hari, convirtió su identidad en una construcción cuidadosamente elaborada. Bailarina, seductora, misteriosa y rodeada de una imagen exótica, consiguió penetrar ambientes de la alta sociedad europea y relacionarse con hombres vinculados al poder político y militar. Su misterio era parte de su capital. Su personaje parecía ser más grande que la persona.

Durante la Primera Guerra Mundial terminó acusada de espionaje por Francia y fue ejecutada en 1917. La historia posterior ha mostrado que su verdadero papel en el espionaje fue mucho más ambiguo de lo que construyó el mito.

Pero la gran lección de Mata Hari no está necesariamente en saber si fue una gran espía o una mujer convertida en chivo expiatorio. Está en otra parte: ella entendió que la percepción también puede ser poder.

Sabía que una persona importante podía abrirle una puerta. Que una relación podía llevarla hasta otra. Que el misterio podía provocar curiosidad. Y que la cercanía con determinados hombres podía darle acceso a espacios donde normalmente no habría entrado.

La influencia comenzaba donde terminaba el cargo.

Esa es la primera analogía que puede plantearse con Nadia Beller.

La trayectoria política de Beller, según antecedentes públicos, ha estado marcada por su participación en distintos espacios y por relaciones con sectores ideológicamente diferentes. En 2019 ella misma relató su participación en el acercamiento entre sectores sociales vinculados al MAS y el gobierno transitorio de Jeanine Áñez, además de su relación política con Luis Fernando Camacho.

Ese tránsito entre espacios políticos distintos puede ser interpretado de varias maneras. Para unos, es capacidad de adaptación y de negociación. Para otros, revela una búsqueda permanente de influencia. Lo importante, sin embargo, no es condenar de antemano ese comportamiento, sino preguntarse qué ocurre cuando una persona consigue convertirse en un puente entre mundos políticos diferentes.

Porque un puente puede unir dos orillas, pero también puede convertirse en un punto estratégico de control.

Ahí comienza el verdadero paralelismo con Mata Hari.

No en la belleza. No en la condición de mujer. No en el espionaje. Y mucho menos en atribuirle a Beller responsabilidades que corresponden determinar a la justicia.

La comparación está en la construcción del poder informal.

Mata Hari no necesitaba ocupar un cargo para entrar en determinados círculos. Beller tampoco necesitó, en distintos momentos de su trayectoria, ocupar las máximas posiciones institucionales para adquirir visibilidad y acceso político.

Pero aquí aparece una segunda enseñanza: estar cerca del poder no es lo mismo que poseer poder real.

La historia de Mata Hari demuestra la fragilidad de esa diferencia. Mientras sus relaciones resultaban útiles, era una figura atractiva para determinados círculos. Cuando cambió el contexto de la guerra, esas mismas relaciones dejaron de protegerla. Fue detenida, juzgada y ejecutada.

En la política contemporánea ocurre algo parecido con muchos operadores, asesores e intermediarios: mientras son útiles, parecen intocables; cuando dejan de serlo, pueden quedar completamente expuestos.

Ese es uno de los mayores riesgos del poder informal.

La controversia actual alrededor de Nadia Beller y Fernando Cerimedo vuelve a colocar esa cuestión en el centro del debate. Beller fue atacada a tiros en Santa Cruz el 17 de agosto y la Fiscalía informó que el caso es investigado como tentativa de feminicidio. Cerimedo, asesor político argentino vinculado al presidente boliviano Rodrigo Paz, fue detenido posteriormente y enfrenta una investigación judicial; su defensa rechaza las acusaciones.

Pero, más allá de lo que establezca la justicia sobre el ataque, el episodio abrió una discusión política mucho más amplia: qué ocurre cuando las relaciones personales, los negocios, la asesoría política y el acceso al poder comienzan a mezclarse en una misma trama.

Es allí donde la analogía con Mata Hari adquiere fuerza.

La política tiene un enorme parecido con un escenario teatral. Hay quienes ocupan el centro de la escena, quienes trabajan detrás del telón y quienes consiguen entrar y salir de ambos espacios. Los primeros tienen el poder visible. Los segundos pueden adquirir poder invisible.

El problema aparece cuando nadie sabe exactamente dónde termina uno y comienza el otro.

Una democracia saludable necesita que la influencia sea transparente. Que un asesor tenga funciones definidas. Que un operador político tenga límites. Que una relación personal no determine una decisión pública. Que el acceso al presidente no se convierta en acceso ilimitado al Estado.

Cuando esas fronteras desaparecen, aparece una zona gris.

Y en esa zona gris crecen los rumores, los favores, las sospechas y las redes de dependencia.

Mata Hari comprendió muy bien el valor de las relaciones. El error estratégico fue confundir ese acceso con una protección permanente. La experiencia demuestra que la influencia puede abrir puertas, pero no garantiza impunidad ni seguridad cuando cambia el contexto.

Esa puede ser también una lección para la política boliviana.

Porque quienes rodean al poder deberían recordar que el verdadero poder no está en saber quién llama al presidente, quién consigue una reunión o quién tiene acceso a determinada información. El verdadero poder debe estar en las instituciones.

Cuando el poder depende demasiado de personas, las instituciones se debilitan.

Cuando depende de reglas, las personas pasan.

Ese es el punto central de esta analogía. Mata Hari creó un personaje capaz de abrirle las puertas de Europa. Beller ha construido una trayectoria política marcada por su capacidad de moverse en distintos espacios y relacionarse con actores de diferentes corrientes. Ambas historias permiten observar una misma dimensión del poder: la capacidad de convertir las relaciones humanas y la percepción pública en capital político.

Pero hay una diferencia decisiva.

Mata Hari terminó siendo víctima de un Estado en guerra que necesitaba encontrar culpables. El caso Beller, en cambio, está vivo, abierto y sujeto a investigación. No corresponde convertir una controversia judicial en una sentencia periodística.

Por eso la analogía debe servir para pensar, no para condenar.

Y pensar lleva inevitablemente a una pregunta mayor: ¿por qué los gobiernos permiten que alrededor del poder crezcan personajes cuya influencia parece superar sus responsabilidades institucionales?

La respuesta probablemente tenga menos que ver con la astucia de esos personajes y más con la debilidad de quienes gobiernan.

Un político con convicciones firmes no necesita intermediarios que controlen todas las puertas. Un Estado institucionalizado no necesita operadores omnipotentes. Un gobierno transparente no debería tener miedo de explicar quién asesora, cuánto cobra, qué funciones cumple y cuáles son sus límites.

La falta de controles produce personajes poderosos. La ausencia de transparencia los vuelve indispensables. Y la ausencia de valores los puede convertir en peligrosos.

Por eso, quizás la verdadera enseñanza de Mata Hari para la Bolivia de hoy no sea la de una espía, sino la de una mujer que descubrió que el misterio, las relaciones y la percepción pueden construir una enorme cuota de poder, pero que ese poder es tan fuerte como frágil.

Nadia Beller, por su parte, representa hoy una historia todavía en desarrollo. Su trayectoria, sus denuncias y el contexto político en el que se ha desenvuelto merecen ser examinados con documentos, hechos y justicia, no con prejuicios.

La historia todavía no ha escrito el último capítulo.

Pero ya dejó una advertencia. En política, la influencia sin institucionalidad puede convertirse en una trampa.

Y cuando quienes ejercen el poder creen que pueden controlar esa influencia, normalmente olvidan una verdad elemental: los hombres pasan, los gobiernos cambian, las alianzas se rompen y los secretos terminan saliendo a la luz.

Mata Hari lo aprendió demasiado tarde.

Bolivia debería aprenderlo antes.

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